Muslim Magomaev: 84 años de leyenda bakuína

Este 17 de agosto se cumplen 84 años del nacimiento de Muslim Magomaev, la voz que marcó una época y que sigue emocionando a millones de personas en Azerbaiyán y en todo el mundo.

Muslim Magomaev (1942–2008) es, sin discusión, uno de los grandes nombres de la música azerbaiyana y soviética. Su barítono —profundo, cálido, inconfundible— llenó salas de conciertos de Bakú a París, y sus canciones se convirtieron en la banda sonora de toda una generación. Para unos fue el ídolo de los escenarios; para otros, la encarnación del romanticismo y el talento; para todos, una leyenda cuyo nombre quedó inscrito para siempre en la historia de la música azerbaiyana y universal.

Un talento que nació en casa

Magomaev vino al mundo en una familia donde el arte se respiraba. Su abuelo fue un destacado compositor azerbaiyano, su padre y su madre también pisaron los escenarios, y él mismo recordaba con humor que, con semejante herencia, no podía salir «mediocre». A los cinco años ya se sentaba al piano y escribía música; en la escuela cantaba ante sus amigos, aunque en su propia casa nadie sabía todavía que aquel niño tenía voz de artista.

La anécdota que mejor lo retrata la contaba él mismo: cuando unos invitados le pidieron que tocara algo, su tío bromeó —«mirad, no vayáis a romper las sillas de la emoción»—. Él, molesto, se sentó, se acompañó al piano y cantó. «Las sillas no se rompieron», recordaba, «pero se hizo un silencio como el del final de El inspector». Su madre, actriz de teatro, llevaba una vida nómada de giras, y él se crio con el cariño de su tío, su tía y su abuela, en una Bakú que lo marcaría para siempre.

Del conservatorio al estrellato

Ingresó en el conservatorio y, apenas empezar, lo invitaron a hacer una estancia en Italia. Las giras, los conciertos y los teatros de ópera hicieron que interrumpiera los estudios un par de años, hasta que decidió terminarlos por libre, a punto de lograr la medalla de oro («me faltó dedicarle tiempo al marxismo-leninismo», bromeaba). Su carrera despegó con una fuerza arrolladora, y su voz se volvió imprescindible en la radio, la televisión y los escenarios de media Europa y Asia.

Él, sin embargo, nunca dejó de defender una idea sencilla: la voz es un don, pero lo que de verdad distingue a un cantante es su individualidad, elegir canciones hechas a su medida. Sus compositores de cabecera fueron Arno Babajanian y Oskar Feltsman, muchas veces sobre versos de Robert Rozhdestvenski; también amaba las letras de Rasul Gamzatov y celebraba su creciente colaboración con Aleksandra Pakhmutova. Canciones que, decía, «iluminan en el corazón del oyente lo esencial de nuestra existencia».

Bakú en el alma

Y aunque la vida lo llevó a Moscú y a escenarios de todo el mundo, Magomaev jamás renegó de su origen. «Tú eres moscovita de raíz y tu patria está aquí… pero yo soy de Bakú, y ese título no se me quita jamás», le explicaba a su esposa, la también cantante Tamara Sinyavskaya. La nostalgia por su ciudad y por el mar Caspio lo acompañó siempre, y él decía reconocerla en los azerbaiyanos que se cruzaba por el mundo, cuyas conversaciones acababan siempre en los años pasados y en los lugares queridos.

El maestro Heydar Aliyev, a quien Magomaev consideraba un segundo padre, le profesaba un cariño especial. «Tú para mí eres como un hijo», le decía, una confianza que el artista correspondió con una lealtad a toda prueba.

Una despedida elegante

Se retiró de los escenarios por una decisión madura y coherente: no quería que el público asistiera a la lenta despedida de su voz. Para él, el escenario era «un organismo vivo» que ama a los talentos y aparta a los mediocres, y el artista debía respetarlo sin abusar de su paciencia. Cincuenta años cantando «como un pájaro», desde los catorce, habían dado paso a una madurez serena. «Si me dieran otra vida», confesaba, «la viviría exactamente igual… quizá sin fumar, el resto lo dejaría tal cual».

Para quien visita Bakú, la memoria de Magomaev sigue muy viva: su estrella brilla en la avenida de los Famosos, y cada año el público le rinde homenaje en festivales y conciertos. Una parada imprescindible para entender el alma musical de Azerbaiyán.

Vía | 1news.az