
En el taller de Sabira Garayeva, cada retal tiene una segunda vida y una historia que contar. La artesana mantiene viva la kurama, una tradición azerbaiyana de costura con piezas de tela que convierte pequeños fragmentos de seda, terciopelo o satén en composiciones llenas de color.
Al entrar en su espacio de trabajo, el visitante encuentra paneles, cojines con motivos nacionales, posavasos circulares y colchas decoradas con ornamentos inspirados en las alfombras. No son simples objetos ornamentales: detrás de cada pieza hay paciencia, precisión y muchas horas de trabajo manual.
El proceso comienza con la selección y clasificación de las telas según sus colores y texturas. Después, los retales se cortan con regla y tijeras, se ordenan en formas triangulares o cuadradas y se unen desde el centro hacia los bordes. Algunas piezas se cosen a mano y otras con máquina, antes de igualar los extremos y dar al conjunto su acabado definitivo.
Garayeva conserva en sus diseños los patrones tradicionales de Azerbaiyán, aunque los presenta con una mirada contemporánea. Así, la kurama funciona como un puente entre la memoria familiar y la creatividad actual. Para quienes viajan por el país y buscan conocer su cultura más allá de los monumentos, un taller artesanal como este ofrece una experiencia cercana: ver cómo un oficio antiguo continúa formando parte de la vida cotidiana.
Fuente: Media.az







